Jean Giono El hombre que plantaba arboles

December 6, 2018 | Author: paulcassac | Category: Forests, Sheep, Water, Novels, France
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 JEAN GIONO

EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES

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 JEAN GIONO

EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha sido ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido traducida a trece idiomas. Lo que ha cont contri ribu buid idoo tamb tambié iénn a qu quee se hall hallan an hech hechoo numer numeros osas as preg pregun unta tass alrededor de la personalidad de Eleazar Bouffier y sobre de los bosques de Vergins. Si bien es cierto que el hombre que plantó los encinos es un simple producto de la imaginación del autor; es importante aclarar que efec efecti tiva vame ment ntee en ésta ésta regi región ón se ha real realiz izad adoo un enor enorme me esfu esfuer erzo zo de reforestación, sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas han sido reforestadas antes de la Primera Guerra Mundial, utilizando   predominantemente pino negro de Austria y malezas de Europa. Estos  bosques son actualmente bellísimos y han efectivamente transformado el  paisaje y el régimen de las aguas de esta región. He aquí el texto de la carta que Giono escribió al director del Departamento de Aguas y Bosques, el señor Valderyon, en 1957 haciendo referencia a esta novela.

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EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES

Querido Señor: Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El texto que usted ha leído en “Trees and life” ha sido traducido al Danés, Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo   bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue escrito. Dicho sea de paso, estahistoria no me aporta ningún céntimo. Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar  de que la palabra política parezca bastante mal adaptada. Muy cordialmente, Jean Giono

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EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES Hace muchos años hice un viaje a pie por las montañas, casi desconocidas por los viajeros, de esa región de los Alpes que penetra en la Provenza. Comenzó en los páramos estériles, de unos 1200 a 1300 metros de altitud, landas desnudas y monótonas. Allí sólo crece lavanda silvestre. La ruta atravesaba la región en toda su extensión y, tras tres días de marcha, me encontré en un yermo indescriptiblemente desolado. Acampé cerca de lo que quedaba de un pueblo abandonado. El día anterior se me acabó el agua y necesitaba encontrar más. Las casas aglomeradas, que aunque en ruinas me recordaban a un viejo nido de avispas, me hacían  pensar que una vez debió haber una fuente o quizás un pozo. Había una fuente, pero seca. Las casas sin techo, roídas por el viento y la lluvia, la  pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como las las casa casass y las las capi capill llas as en los los pu pueb eblo loss vivo vivos, s, pero pero toda toda vida vida habí habíaa desaparecido. Era un día de junio soleado y despejado, pero, en estas tierras sin refugio y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las ruinas eran los de una fiera molestada mientras come. Tuve que levantar campamento. A las cinco horas no había encontrado agua ni nada que me diera la esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. A lo lejos creí ver una pequeña silueta negra erguida. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por si acaso, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Unas treinta ovejas descansaban en la tierra seca. Me hizo beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo a su aprisco, en una ondulación de la planicie. Extraía su agua, excelente,

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de un pozo natural muy profundo, en el que había instalado un torno de mano rudimentario. Este hombre hablaba poco. Es típico de los solitarios, pero él  parecía seguro de sí, y confiado en esta seguridad. Era insólito en este país despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de  piedra, cuyos muros mostraban claramente cómo su trabajo había detenido la ruina que fue una vez. El techo era sólido e impermeable. El viento sobre las tejas sonaba como el mar en la costa. El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil engrasado; la sopa hervía en el fuego. Noté que estaba bien rasurado, que sus botones estaban bien cosidos, que su ropa estaba remendada con esa minuciosidad que hace invisibles los remiendos. Compartió conmigo su sopa. Cuando le ofrecí mi petaca me dijo que no fumaba. El perro, silencioso como su amo, era amable sin ser servil. Desde el principio quedó claro que yo pasaría la noche allí; el  pueblo más próximo estaba a dos días de camino. Los pueblos de esta región eran pocos y distantes, y yo sabía bien cómo eran. Había cuatro o cinco dispersos sobre las faldas de esas colinas, cada uno en un extremo de una carretera, entre sotos de robles blancos. Vivían leñadores que fabricaban carbón vegetal. La vida era pobre. Las familias, apiñadas en un clima muy duro en verano y en invierno, se encontraban una lucha por sobrevivir amarga por culpa del aislamiento. No existía alivio. El deseo continuo de escapar se convertía en una ambición enloquecedora. Interminablemente, los hombres transportaban carbón en carros a la ciudad y luego retornaban. Los caracteres más estables se quebraban bajo esta perpetua presión. Las mujeres hervían a fuego lento sus rencores. Había rivalidad  para todo, tanto para la venta de carbón como para el banco de la iglesia,  para las virtudes que se combatían ente ellas, para la mezcolanza de vicios y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que incesantemente irritaba los nervios. Había epidemias de suicidios y muchos casos de locura, que casi siempre terminaban en asesinato.

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El pastor que no fumaba fue por un pequeño saco y vació en la mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas de una en una con atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí a ayudarle pero me dijo que era trabajo suyo. Viendo el cuidado que ponía, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando hubo apartado una  pila de bellotas gruesas, contó grupos de diez. Al hacerlo, eliminó las más  pequeñas y las agrietadas, pues ahora las examinaba muy, muy de cerca. Cuando tuvo delante de sí cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar. La compañía de este hombre infundía una paz profunda. A la mañana siguiente le pedí permiso para descansar allí todo el día. Lo encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podría trastornarle. El descanso no era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir a su majada y la llevó a  pastar. Antes de partir cogió el pequeño saco que tenía las bellotas tan cuidadosamente elegidas y contadas, y lo puso a remojo en un cubo de agua. Advertí que como bastón portaba una barra de hierro del grueso de un pulgar y tan alta como mi hombro. Haciendo que paseaba le seguí de lejos, por un camino paralelo al suyo. Sus animales pastaban en el fondo de un valle. Los dejó al cuidado del perro y comenzó a subir hacia mí. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no, ese era su camino y me invitó a acompañarle si yo no tenía nada mejor que hacer. Ascendió un  poco más, a lo alto de la colina. Una vez llegados al lugar que deseaba alcanzar, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo un agujero, puso una bellota, y luego lo rellenó. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía quiénes eran sus dueños? No lo sabía. Suponía que era tierra comunal, de la parroquia, o que podía ser propiedad de personas que no se  preocupaban por ella. No era asunto suyo. Así, con cuidado infinito, plantó sus cien bellotas. Después del almuerzo, volvió a escoger más bellotas. Supongo que debo de haber insistido mucho con mis preguntas,  porque me contestó. Durante tres años había plantado árboles en esa región desolada. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían brotado. De estos veinte mil, contaba aún con perder la mitad, por culpa de los roedores o de todo lo que es imprevisible en los designios de la providencia.

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Quedaban diez mil robles que crecerían en ese paraje donde antes no había nada. Ento Entonc nces es me preg pregun unté té su edad edad.. Tení Teníaa visi visibl blem emen ente te más más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elezéard Bouffierd. Había tenido una granja e las planicies. Había sido su vida. Había perdido a su único hijo, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad, se contentaba con vivir tranquilo, con sus ovejas y su perro. Opinaba que esa tierra se moría por falta de árboles. Agregó que, no teniendo ocupaciones importantes, se había propuesto remediar este estado de las cosas. Yo era joven y sólo pensaba en el futuro, y en lo que me afectaba a mí y mi búsqueda de felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil robles serían magníficos. Me respondió simplemente que, si Dios le daba vida, en treinta años plantaría tantos otros que los diez mil serían como una gota de agua en el mar. Además estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía  junto a su casa un vivero de hayucos. Eran muy hermosos. Había pensado igualmente en los abedules para lugares donde, me dijo, había algo de humedad a pocos metros de la superficie. Al día siguiente nos separamos. Al año siguiente vino la Primera Guerra Mundial, en la que me vi envu envuel elto to duran durante te cinc cincoo años años.. Un sold soldad adoo de infa infant nter ería ía apen apenas as pu pued edee reflexionar sobre los árboles. Tras la desmovilización me encontré en posesión de una pequeña  prima, y con un gran deseo de aire puro. Este era mi único pensamiento cuando retomé el camino de las tierras desérticas. La región no había cambiado. No obstante, más allá del pueblo muerto, divisé en la lontananza una especie de bruma grisácea que recubría las colinas como un tapiz. El pastor que plantaba árboles había ocupado mi mente desde el día anterior. "Diez mil árboles -pensé- precisan mucho espacio". Había visto morir a tanta gente durante cinco años que era fácil imaginar también la muerte de Elezéard Bouffier, en especial cuando, a los 7

veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos sin nada que hacer en la vida más que morirse.  No había muerto. Había cambiado de oficio. No tenía más que cuatro ovejas pero, en cambio, un centenar de colmenas. Había dejado las ovejas porque ponían en peligro sus plantaciones de árboles. La guerra no le estorbó. Había continuado plantando. Los robles de 1910 tenían diez años y eran más altos que nosotros dos. El espectáculo era impresionante. Yo no tenía palabras y, como él no hablaba, nos pasamos todo el día en silencio mientras paseábamos por su  bosque. Tenía tres secciones, once kilómetros de longitud y tres en la parte más ancha. Cuando recordé que todo había salido de las manos y el alma de ese hombre, sin ayuda mecánica, me pareció que los hombres pueden ser  tan eficaces como Dios en otras tareas que no sean la destrucción. Él había seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro, expandiéndose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran tupidos y había pasado la época en que estaban a merced de los roedores; la Providencia hubiera necesitado un ciclón para destruir esta obra humana. Me mostró bosquecillos de abedules que tenían cinco años, es decir de 1915, cuando yo combatía en Verdún. Los situó en las hondonadas donde suponía, con razón, que había humedad a flor de tierra. Eran delicados como niños, tiernos pero firmes y seguros. La creación parecía haber actuado en una secuencia natural. El no se preocupaba, él proseguía obstinadamente su simple tarea. Al regresar al  pueblo, vi correr agua por arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. Era el efecto más impresionante un ciclo natural de creación que yo había visto. Esos Esos arro arroyo yoss seco secoss habí habían an llev llevad adoo agua agua hací hacíaa mu much cho, o, mu much choo tiempo. Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio estaban construidos sobre villas romanas; los arqueólogos habían excavado y enco encont ntra rado do anzue anzuelo los, s, mi mien entr tras as qu quee en el sigl sigloo XX, XX, se nece necesi sita taba bann cisternas para tener sólo un poco de agua. El viento había dispersad dispersadoo semillas. semillas. Al mismo mismo tiempo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una razón de vivir. Pero la transformación era tan gradual que se daba por sentado. Desde luego, los cazadores que escalaban esas soledades

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  per persi sigu guie iend ndoo lieb liebre ress o jaba jabalí líes es habí habían an const constat atad adoo el aume aument ntoo de los los arbolitos, pero lo habían atribuido a un capricho de la naturaleza. Es por ello que nadie había tocado la obra del pastor. Si hubieran sospechado que era obra humana, hubieran interferido. ¿Pero quién habría siquiera pensado en él? ¿Quién en los pueblos o las autoridades podría imaginar una generosidad tan constante y magnífica? Cada año a partir de 1920 hice una visita a Elezéard Bouffier.  Nunca le vi flaquear ni dudar. Y Dios sabe que a menudo parecía que el mismo cielo estaba contra él. Nunca intenté imaginar sus frustraciones,  pero alcanzar un objetivo así es necesario superar muchos obstáculos. Para obtener la victoria de esa pasión, debe haber luchado y conquistado la desesperación. Hay Hay qu quee reco record rdar ar qu quee este este ho homb mbre re exce excepc pcio iona nall traba rabaja jaba ba en soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O quizás no veía la necesidad de hacerlo. En 1933 recibió la visita de un guardabosques asombrado. Le notificó que había orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Era la primera vez, dijo aquel hombre ingenuamente, que veía que un bosque crecía solo. En 1935 una delegación de autoridades vino a examinar el "bosque natu natura ral" l".. Habí Habíaa un im impor porta tant ntee func funcio iona nari rioo de Agua Aguass y Bosq Bosque ues, s, un diputado y algunos técnicos. Se habló mucho. Decidieron que había que hacer algo. Por suerte no se hizo nada, excepto la única cosa útil: poner el   bos bosqu quee bajo bajo la prot protec ecci ción ón del del Esta Estado do y proh prohib ibir ir las las qu quem emas as de los los carboneros. Era imposible no admirar la belleza de los jóvenes árboles. Ejercieron todo su encanto sobre el diputado. Un oficial forestal de la delegación era mi amigo y le expliqué el misterio. La semana siguiente salimos en busca de Elezéard Bouffier. Trabajaba duro a veinte kilómetros del lugar de la inspección. Yo tenía razón sobre el oficial forestal. Conocía el valor de las cosas. Ofrecí huevos que había traído como presente. Compartimos la comida y pasamos horas en contemplación muda del paisaje. Por donde habíamos venido había árboles cuatro veces tan altos como nosotros. Yo recordaba el aspecto en 1913, desolado... El trabajo apacible y regular, el vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del

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alma, habían dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas hectáreas más cubriría aún de árboles. Antes de partir mi amigo hizo una sugerencia sobre especies apropiadas para el terreno. No insistió. "Por una buena razón -me dijo más tarde-, porque este hombre sabe más que yo". Debió seguir pensándolo,  porque al cabo de una hora de camino agregó: "Él sabe más que nadie en el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!" Gracias a este oficial no sólo el bosque, sino también la felicidad de Elezéard Bouffier fueron protegidos. El ún únic icoo peli peligr groo fue fue en la Segun egunda da Guerr uerraa Mun undi dial al.. Los Los automóviles andaban con generadores que quemaban madera, y nunca había suficiente. Se efectuaron talas de los robles de 1910, pero la región estaba estaba mal comunicada comunicada y la empresa no resultó resultó rentable. Fue abandonada. El pas pastor no se ent enteró. eró. Est Estaba aba a trei reinta nta kil kilóm ómet etro ross, cont contin inua uand ndoo apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del 39 como había ignorado la del 14. Vi a Elezéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía ochenta y siete años. Retomé la ruta de la región estéril; pero ahora, a pesar  de los estragos de la guerra, había un autobús entre el valle de Durance y la montaña. Atribuí a este transporte relativamente rápido el no reconocer los lugares de mis primeros viajes. Necesité ver el nombre de un pueblo para darme cuenta de que estaba en la región antaño arruinada y desolada. El autobús me dejó en Vergons. En 1913, este poblado de diez o doce casas tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes que vivían de poner trampas para animales. Eran gentes sin esperanza. Todo era distinto, incluso el aire. En lugar del antiguo viento seco y áspero, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al agua llegaba de las montañas. Era el viento a través del bosque. Pero, aun más sorprendente, escuché otro sonido de agua. Vi que habían construido una fuente, y que el agua fluía abundante, y que alguien había plantado junto a ella un tilo, un símbolo perfecto de renacimiento. Vergons mostraba evidencias de ese trabajo que sólo la esperanza inspira. La esperanza había vuelto. Habían despejado las ruinas y derribado las paredes derruidas. Las nuevas casas, con su revoque aún fresco, estaban

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rodeadas de jardines donde se mezclaban legumbres y flores, coles y rosales, puerros y dragones, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde uno querría vivir. Cont Contin inué ué a pie. pie. La gu guer erra ra esta estaba ba dema demasi siado ado reci recien ente te para para la expansión total de la vida, pero Lázaro había salido de la tumba. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de los valles verdeaban algunas praderas. Sólo ocho años nos separaba de esta época en que todo el país resplandecía de salud y prosperidad. Donde vi ruinas en 1913 se elevaban ahor ahoraa gran granja jass limp limpia ias, s, bien bien enlu enluci cida das, s, prue prueba bass de un unaa vida vida feli felizz y confortable. Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que retenían los bosques, Volvían a correr. Cada granja tenía su fuente, que desbordaba sobre los tapices de menta silvestre. Los pueblos fueron reconstruidos poco a poco. La gentes había venido a establecerse de las planicies, donde la tierra era cara, trayendo juventud, vida y el espíritu de aventura. Uno encontraba en los caminos hombres y mujeres sanos, niños y niñas riendo que disfrutaban las fiestas campesinas. Contando la antigua población, muy cambiada desde que vivían mejor, y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elezéard Bouffier. Cuando pienso que un hombre, un cuerpo y un espíritu, se bastó  para hacer del desierto una tierra de Canaán, me convenzo de que, a pesar  de todo todo,, el dest destin inoo del del ho homb mbre re pu pued edee ser ser mara maravi vill llos oso. o. Pe Pero ro cuan cuando do considero la determinación apasionada, la infalible generosidad de espíritu que hizo falta para lograr este resultado, me lleno de admiración por ese viejo inculto que fue capaz de completar una tarea digna de Dios. Elzéard Bouffier murió apaciblemente en Banon en 1947.

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Madagascar, Gilles, hombre que planta árboles todos los días del año

2010/ 01/01 Realisado por por : Laurent Laurent Cadoret Cadoret en el canal francés francés Después de ter dejado sus malas al pié, de las mas bell be llas as monta montaña ñass de la isla de Madag Madagas asca car, r, Gille Gilless a tomado la decisión de repoblar la valle del Tsaranoro.

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Segunda traducción

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Un relato lleno de sensibilidad que es un canto al desinterés y a la generosidad y que exalta el enorme valor que hay en un acto tan sencillo como es plantar un árbol.

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clic en la imagen para descargar en .pdf  En un una a ye yerm rma a co coma marc rca a de Pr Prov oven enza za,, un ho homb mbre re so soli lita tari rio o planta centenares de miles de árboles y transforma en un paraíso lleno de vida lo que antes era un una a región inhóspita y casi desh de shab abit itad ada. a. Es la hi hist stor oria ia de El Elzé zéar ard d Bo Bouf uffi fier er,, un pe pers rson onaj ajee inolvidable por su desinterés, por su enorme generosidad y por dejar huella en la tierra sin anhelar recompensa alguna. Jean Giono, uno de los escritores franceses más importantes de este siglo (XX), creó el personaje de Bouffier para “hacer que la gente amara a los árboles, para ser más exacto, hacer que amen el plantar árboles”. En su obra alienta una comunión con el silencio mundo de las plantas, que purifica y renueva la tierra que nos rodea, nos reconforta y nos reconcilia.

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La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que cont co ntra rari riam amen ente te a lo qu quee su suce cede de en Fr Fran anci cia, a, la hi hist stor oria ia ha si sido do ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido traducida a trece idiomas. Lo que ha contribuido también a que se hallan hecho nume nu mero rosa sass pr preg egun unta tass al alre rede dedo dorr de la pe pers rson onal alid idad ad de El Elea eaza zarr Bouffier y sobre de los bosques de Vergins. Si bien es cierto que el hom ho mbre que plan antó tó los en enccin ino os es un si sim mpl plee pr pro odu duccto de la imaginación del autor; es importante aclarar que efectivamente en ésta región se ha realizado un enorme esfuerzo de reforestación, sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas han sido reforestadas antes de la Primera Guerra Mundial, utilizando predominantemente pino pi no ne negr gro o de Au Aust stri ria a y ma male leza zass de Eu Euro ropa pa.. Es Esto toss bo bosq sque uess so son n actualmente bellísimos y han efectivamente transformado el paisaje  y el régimen de las aguas de esta región. He aquí el texto de la carta quee Gi qu Gion ono o es escr crib ibió ió al di dire rect ctor or de dell De Depa part rtam amen ento to de Ag Agua uass y  Bosqu Bo sques, es, el señ señor or Val Valder deryo yon, n, en 195 1957 7 ha hacie ciendo ndo ref refere erenci ncia a a est esta a novela.

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Querido Señor: Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El texto que usted ha leído en “Trees and life” ha sido traducido al Danés, Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo   bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue escrito. Dicho sea de paso, estahistoria no me aporta ningún céntimo. Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar  de que la palabra política parezca bastante mal adaptada. Muy cordialmente, Jean Giono

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Para que un personaje manifieste sus más excepcionales cualidades, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación a lo largo de muchos años. Si dicha actuación está desprovista de todo egoísmo, si obedece a una generosidad sin par, si es del todo cierto que no abriga un afán de recompensa y que, por añadidura, ha dejado una huella patente sobre la faz de la tierra, entonces no cabe error alguno. Hará cosa de cuarenta años, hice un largo viaje a pie por unos montes poco frecuentados por turistas, sitos en esa antigua región donde los Alpes se adentran en la Provenza. En los tiempos en que comprendí mi caminata a través de aquellos parajes despoblados, despoblado s, todo era tierra yerma y descolori descolorida. da. Nada crecía en ella salvo el espliego.

Cruzaba la comarca por su parte más ancha y, tras tres días de camino, me encontré en medio de la más absoluta desolación. Acampé junto a las ruinas de un  pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día antes y precisaba encontrar más. Aunque asoladas, aquellas casas, arracimadas como un panal de avispas viejo, indicaban que una vez tuvo que haber alli una fuente o un pozo. Fuente había, en efecto, pero seca. Las cinco o seis casas sin techo, roídas por el viento y la lluvia, y la minúscula capilla con el campanario medio derruido, se levantaban como las casas y capillas de los  pueblos habitados, mas todo signo de vida se había esfumado. Hacía un hermoso día de junio, radiante bajo el sol, pero sobre aquella tierra expuesta, el viento, en lo alto del cielo, soplaba con una insoportable ferocidad. Rugía entre los esqueletos de las casas cual león defendiendo su comida. Tuve que trasladar el campamento. Después de cinco horas de marcha, seguía sin encontrar ni una gota de agua y nada alentaba la esperanza de hallarla. En todos lados la misma sequedad, los mismos hierbajos. Acerté a divisar en la lejanía una pequeña silueta negra, erguida, que tomé  por el tronco de un árbol solitario. En cualquier caso, me encaminé hacia ella. Resultó ser un pastor. Treinta ovejas yacían a sus pies sobe la tierra achicharrada. Me dio a beber de su calabaza y, poco después, me llevó a su morada, en un  pliegue de la llanura. Se abastecía de agua (un agua excelente) de un pozo natural muy  profundo sobre el que había dispuesto una polea rudimentaria.

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Era hombre de pocas palabras. Así es como son quienes viven en soledad, pero se notaba que estaba seguro de sí mismo, con un convencimiento absoluto. Algo inesperado en aquellos campos. No vivía en una cabaña, sino en una casa de piedra que daba fe de los esfuerzos realizados realizados para reformar la ruina que había encontrado allí a su llegada. El tejado era recio y firme. El viento contra las rejas producía un murmullo como el del mar en la orilla. Estaba todo ordenado, los platos, limpios, el suelo, barrido, el rifle, engrasado; la sopa hervía en el hogar. Advertí entonces que iba pulcramente afeitado, que llevaba todos los botones bien cosidos, que había remendado si ropa con la meticulosidad que hace invisibles los remiendos. Compartió la sopa conmigo y luego, cuando le ofrecí mi  petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como el amo, era amistoso sin mostrarse servil. De buenas a primeras dimos por sentado que me quedaba a pasar la noche. La aldea más cercana se hallaba a más de día y medio de viaje y, por otra parte, estaba más que familiarizado con la naturaleza de los escasos villorrios de aquellos pagos. Apenas cuatro o cinco, dispersos por los cerros, al final de largos caminos de carro. Los habitaban carboneros que vivían en la penuria. Las familias, apiñadas a causa de un clima en demasía severo tanto en verano como en invierno, no se libraban de los incesantes conflictos entre personalidades encontradas. La amb ambic ición ión irr irraci aciona onall al alca canza nzaba ba pro propor porci cione oness des desmes mesura urada dass deb debido ido a la continua ansia por escapar. Los hombres acarreaban las carretadas de carbón hasta la ciudad para luego regresar. El yugo perenne de aquel penoso trabajo vencía a los caracteres más firmes. Las mujeres avivaban los motivos de agravio en todo había rivalidad, en el precio del carbón como por un banco en la iglesia, en las virtudes opuestas como en los vicios, así como en la perpetua lucha entre el vicio y la virtud. Y  por encima de todo estaba el viento, también incesante, crispando los nervios. Se daban epidemias de suicidios y frecuentes casos de locura, habitualmente homicida. El pastor fue a por un saquito y vertió un montón de bellotas sobre la mesa. Comenzó a inspeccionarlas, una por una, con un gran concentración, separando las  buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Le ofrecí ayuda. Me respondió que era su trabajo. Y, en efecto, en vista del esmero con que se entregaba a la tarea, no insistí. En eso consistió todota nuestra conversación. Tras separar una cantidad suficiente de   bell bellota otass bue buena nas, s, la lass fue co conta ntando ndo por dec decena enas, s, al ti tiemp empoo que el elim imina inaba ba la lass má máss  pequeñas o las que presentaban alguna grieta, pues ahora las examinaba con mayor  detenimiento. detenimi ento. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, perfectas, puso fin a la labor y se acostó.

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Aquel hombre irradiaba paz. Al día siguiente le pregunté si me podía quedar un día más. Le pareció lo más natural, o, para ser exactos, me dio la impresión de que nada  podía desconcertarlo. No es que tuviera una necesidad imperiosa de descanso, pero había despertado mi interés y quería saber más acerca de él. Abrió el redil y se llevó el rebaño a pastar. Antes de irse, sumergió en un cubo de agua el saco de bellotas cuidadosamente contadas y seleccionadas. Advertí que a modo de cayado empuñaba una vara de hierro gruesa como un  pulgar y de metro y medio de longitud. Andando a mi aire, seguí un camino paralelo al suyo. El pasto se hallaba en un valle. Dejó al perro a cargo del reducido rebaño y subió hasta donde yo me encontraba. Temí que fuera a reprenderme por mi indiscreción, mas no fue ni mucho menos así: él iba en aquella dirección y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Trepó hasta la cresta de la loma, un centenar de metros arriba. Entonces comenzó a clavar la vara de hierro en la tierra, abriendo agujeros en los que plantaba una bellota; luego rellenaba el agujero. Así plantaba robles. Le  pregunté si aquella finca le pertenecía. Me repuso que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era de propiedad comunal, o tal vez perteneciera a personas que no le otorgaban mayor importancia. No tenía el menor interés en descubrir de quién era. Plantó las cien bellotas con sumo cuidado. Tras el almuerzo reanudó las tareas de plantación. Supongo que me mostré  persuasivo en mi interrogatorio, pues obtuve algunas respuestas. Llevaba tres años  plantando en aquel desierto. Había plantado plantado ya cien mil bellotas. De las cien mil, veinte mil habían germinado. De las veinte mil, contaba con perder la mitad a manos de los roedores y de los impredecibles designios de la Providencia. Así pues, todavía quedaban diez mil robles con vida donde antes nada crecía. Fue entonces cuando empecé a preguntarme qué edad tendría aquel hombre. Saltaba a la vista que había cumplido los cincuenta. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba llam aba Elzéard Bouffier. Bouffier. Una vez habí habíaa pose poseído ído una granj granjaa en las tierras bajas. Allí había construido su vida. Perdió a su único hijo; luego a su esposa. Acabó retirándose a aquellos solitarios solitarios parajes, donde se encontraba muy a gusto viviendo sin prisas con sus ovejas y el perro. A su parecer, aquella tierra se estaba muriendo por la ausencia de 25

árboles. Agregó que, a falta de otra ocupación más apremiante, había decidido poner  remedio a aquel estado de cosas. Puesto que en aquellos tiempos, a pesar de mi juventud, llevaba una vida solitaria,, me constaba que debía tratar con amabili solitaria amabilidad dad a los espíritus solitarios. Pero esa misma juventud me empujaba a considerar el futuro con relación a mí mismo y a una determinada búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus diez mil robles serían magníficos. Respondió con toda sencillez que si Dios le concedía bastante vida, en treinta años habría plantado tantos más que aquellos diez mil serían como una gota de agua en el océano.

Por otra parte, estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un vivero de plantones nacidos de hayucos junto a su casa. Los plantones, protegidos de las ovejas mediante una cerca de alambre, eran muy bonitos. También tenía en mente plantar  abedules en los valles donde, según me dijo, había una cierta humedad a pocos metros  bajo la superficie del suelo. Al día siguiente, nos separamos. -----Un año después estalló la guerra de 1914, en la que me vi implicado durante cinco años. Un soldado de infantería apenas disponía de tiempo para reflexionar sobre los árboles. A decir verdad, aquel asunto no me había impresionado; lo había tomado como un hobby, una colección de sellos, para luego olvidarlo. Finalizada la guerra, me encontré en posesión de una diminuta prima por  desmovilización desmovili zación y un enorme deseo de respirar aire puro durante algún tiempo. Sin más  propósito que éste enfilé otra vez la carretera hacia las tierras yermas. El paisaje no había cambiado. No obstante, a lo lejos vislumbré, más allá del  pueblo abandonado, una sombra de neblina grisácea que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado a pensar de nuevo en el  pastor plantador de árboles. “Diez mil robles -reflexioné-, ocupan mucho espacio.

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Había visto morir a demasiados hombres a lo largo de aquello aquelloss cinco años como  para dar por sentado que Elzéard Bouffier estaría muerto, más aún cuando a los veinte años se contempla a los hombres de cincuenta como ancianas a quienes nada les queda  por hacer salvo morir. Mas no había muerto. En realidad, estaba mas vivo que nunca. Había cambiado de trabajo. Ahora sólo tenía cuatro ovejas y, a cambio, cien panales. Se había desprendido de las ovejas porque constituían una amenaza para los árboles  jóvenes. Pues, tal como me explicó (y pude comprobar con mis propios ojos), la guerra no lo había trastornado lo más mínimo. Impertérrito, había seguido plantado. Los robles de 1910 contaban entonces diez años de edad y ya eran más altos que nosotr nos otros. os. Un esp espect ectác áculo ulo imp impres resio ionan nante te.. E que quedé dé li liter teralm alment entee sin hab habla la y, com comoo tampoco él decía nada, pasamos todo el día caminando en silencio a través de su  bosque. En tres sectores, medía once kilómetros de longitud por tres kilómetros en lo más ancho. Al recordar que todo aquello era fruto de las manos y el alma de una única  persona desprovista de recursos técnicos, se comprendía que los hombres podían ser tan efectivos como Dios en ámbitos distintos del de la destrucción. Había llevado a cabo su plan, y unas hayas que me llegaban al hombro y se extendían hasta donde alcanzaba la vista lo confirmaban. Me mostró hermosos grupos de abedules plantados cinco años atrás (es decir, en 1915, mientras yo luchaba en Verdún). Dispuestos en cuantos valles había supuesto (y acertado) que la capa húmeda casi afloraba, eran delicados como niñas pero estaban muy bien arraigados. Fue como si la creación floreciera en una suerte de reacción en cadena. A él tanto le daba; tenía la determinación de concluir su tarea con toda sencillez; pero de regreso regre so hacia el pueb pueblo lo vi que el agua manaba manaba en arroyos que lle llevaba vabann sec secos os desde tiempos inmemoriales. inmemoriales. Aquel era sin duda el resultado más sobrecogedo sobrecogedorr de la reacción en cadena que mis ojos presenciaban. Alguna vez, tiempo atrás, el agua había corrido  por aquellos riachuelos secos. Parte de los tristes villorrios mencionados antes fueron construidos en los emplazamientos de antiguos asentamientos romanos, de los que aún quedaban vestigios; y los arqueólogos, en sus exploraciones, habían hallado anzuelos dond do nde, e, en el si sigl gloo ve vein inte te,, se pr prec ecis isab aban an ci cist ster erna nass pa para ra ga gara rant ntiz izar ar un ex exig iguo uo abastecimiento de agua.

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El viento, además, esparcía las semillas. Con el resurgió del agua reaparecieron los sauces, los torrentes, los prados, los jardines y las flores en un alegato a favor de la vida. Pero esta transformación se produjo de forma tan gradual que se integró en el entono sin causar el menor asombro. Los cazadores, que subían a los páramos siguiendo la pista de las liebres y los jabalíes, advirtieron, por supuesto, la repentina aparición de arbolillos,  pero la atribuyeron a un capricho natural de la tierra. De ahí que nadie se entrometiera en la labor de Elzéard Bouffier. De haber sido descubierto habría suscitado oposición. Pero pasaba desapercibido. ¿Quién, en los pueblos o en la administración, podría soñar  siquiera en semejante perseverancia y tan magnífica generosidad? Para hacerse una idea exacta de lo excepcional del personaje es preciso no olvidar que trabajaba en soledad absoluta: absoluta: tan absoluta que hacia el final de su vida perdió el hábito de hablar. O tal vez fuese que no lo veía necesario. -----En 1933 recibió la visita de un guarda forestal para notificarle una resolución judicial que prohibía encender fuego al aire libre con vistas a proteger el crecimiento de aquel  bosque natural . Era la primera vez, le dijo el hombre con toda ingenuidad, que oía hablar habl ar de un bosq bosque ue surgido motu propio. Por aque aquell ento entonces nces Bouffier Bouffier se disp disponía onía a  plantar hayas en un lugar a unos doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse tantas idas y venidas (pues ya había cumplido los setenta y cinco), decidió construir una cabaña de  piedra junto a la plantación. Al año siguiente la levantó. En 1935 el Gobierno envió a toda una delegación a inspeccionar el “bosque natural”. Un alto cargo del Servicio Forestal, un diputado, varios tecnócratas. Hubo mucho  parloteo fútil. Se decidió que algo había que hacer y, por fortuna, nada se hizo salvo lo único que tenía sentido; el bosque fue puesto bajo la protección del Estado y se prohibió la producción de carbón. Pues resultaba imposible no dejarse cautivar por la belleza de 28

aquélloss árbo aquéllo árboles les jóve jóvenes nes rebos rebosante antess de sal salud ud que logra lograron ron hech hechizar izar al mism mismísi ísimo mo diputado. Entre los funcionarios de la delegación se contaba un amigo mío, a quien desvelé el enigma. Un buen día de la semana de la semana siguiente fuimos juntos a visitar a Elzéard Bouffier. Lo encontramos trabajando con ahínco, a unos diez kilómetros del lugar donde se había efectuado la inspección. Aquel guardabosque no era amigo mío porque sí. Se regía por firmes principios. Sabía guardar un secreto. Entregué los huevos que llevaba como presente. Comimos juntos y  pasamos varias horas en muda contemplación del paisaje. Por donde habíamos ido, las laderas estaban cubiertas de árboles de entre seis y ocho metros de altura. Rememoré el aspecto que ofrecía la región en 1913; un erial. El sosiego, el esfuerzo constante, el aire vigorizador de la montaña, la frugalidad y, por  encima enc ima de tod todo, o, la paz de esp espíri íritu tu hab había íann dot dotado ado a aq aquel uel hombre hombre de una vitali vitalidad dad impresionante. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas más lomas cubriría de arboleda. Antess de pa Ante part rtir ir,, mi am amig igoo se li limi mitó tó a re reco come mend ndar ar al algu guna nass es espe peci cies es de ár árbo bole less especialmente indicadas para las condiciones del suelo. Tampoco insistió en el tema. “Por la convincente razón -me diría después-, de que Bouffier sabe mucho más que yo”. Una hora de camino después, tras haberle dado unas cuantas vueltas, añadió: “Sabe mucho más que cualquie cualquiera. ra. ¡Ha descubiert descubiertoo una forma maravillosa de ser feliz!” Gracias a este funcionario quedaron a buen recaudo no sólo el bosque sino también la felicidad del hombre. Delegó el cometido en tres guardabosques, a quienes adoctrinó hasta tenerlos a prueba de las botellas de vino que los carboneros les ofrecerían.

La obra sólo se vio seriamente en peligro durante la guerra de 1939. Dado que los coc coches hes se pro propul pulsab saban an co conn gas gasóg ógeno enoss (ge (gene nerad radore oress ali alime menta ntados dos co conn leñ leña), a), se disparó la demanda de madera. La tala se inició en el robledo de 1910, pero aquel sitio distaba tanto de cualquier estación de tren que la empresa resultaba temeraria desde el 29

 punto de vista financiero. Así que fue abandonada. El pastor no se enteró de nada. Se hallaba a treinta kilómetros del lugar, prosiguiendo su labor con toda tranquilidad,  pasando por alto la guerra del treinta y nueve tal como había hecho con la del catorce. ------Vi a Elzéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía ochenta y siete años. Emprendí de nuevo la ruta de la tierra baldía; pero ahora, a pesar del caos que la guerra sembrara por todo el país, había un autobús que cubría el trayecto entre el valle de Dur Duranc ancee y el mon monte te.. Atr Atrib ibuí uí el hec hecho ho de no rec recono onoce cerr lo loss esc escena enario rioss de mis anteriores viajes a la relativa velocidad de aquel medio de transporte. Me pareció, asimismo, que la carretera discurría por territorios nuevos. Pero me bastó el nombre de un pueblo para convencerme de que me hallaba, en efecto, en aquella comarca que había sido todo ruinas y desolación. El autobús autobús me dejó en Vergo Vergons. ns. En 1913 aquella aquella aldea de diez o doce casas casas tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes que se odiaban unas a otras, que vivían cazand caz andoo con tra trampa mpas, s, pró próxim ximas as aún aún,, ta tant ntoo fí físic sicaa com comoo mor moral almen mente, te, al est estado ado de hombres prehistóricos. Por todas partes crecían las ortigas entre los restos de las casas abandonadas. abandonada s. Habían perdido toda esperanza. No les restaba más que esperar la muerte, una situación que raramente predispone a la virtud. Todo había cambiado. Incluso el aire. En lugar de los severos vientos secos que solían atacarme, soplaba una brisa amable, cargada de fragancias. De las montañas llegaba un rumor como de agua: era el viento en el bosque. Lo más asombroso de todo fuee oí fu oírr un so soni nido do re real al de ag agua ua ca caye yend ndoo en un es esta tanq nque ue.. Co Comp mpro robé bé qu quee ha habí bían an construido una fuente que manaba en abundancia y (fue lo que más me emocionó) que alguien había plantado un tilo junto a ella, un tilo que contaría unos cuatro años, ya en  plena floración, como un símbolo incontestable de la resurrección. Por otra part parte, e, Verg Vergons ons daba fe de un empeño cuya enve envergad rgadura ura exigía tener  esperanza. Así pues, la esperanza había vuelto. Se retiraron los escombros, se abatieron las paredes derruidas y se restauraron cinco casas. Ahora se contaban veintiocho almas, cuatro de las cuales eran jóvenes casados. Las casas nuevas, recién enlucidas, estaban rodeadas de jardines donde crecían verduras y flores en ordenada confusión: calabazas y rosas, puerros y dragones, apios y anémonas. Se había convertido en la clase de pueblo que invita a vivir. A partir de allí proseguí a pie. La guerra recién terminada aún no permitía que la vida floreciera en todo su esplendor, pero Lázaro se había levantado de la tumba. En las faldas de la montaña divisé pequeños campos de cebada y centeno; al fondo de los valles estrechos los prados reverdecían. Han bastado ocho años desde entonces para que todo el campo rebose vitalidad y prosperidad. Allí donde en 1913 no vi más que ruinas, ahora se levantan granjas bien cuidadas, pulcramente enlucidas, testimonio de una vida cómoda y placentera. Los antiguos arroyos, alimentados por la lluvia y la nieve que acumula el bosque, fluyen de nuevo. Sus aguas se han canalizado. En todas las granjas, en bosquecillos de arces, las albercas rebosan agua clara sobre tapices de hierbabuena. Los pueblos se han ido reconstruyendo poco a poco. Las gentes de las llanuras, donde la tierra es costosa, se 30

han establecido aquí, trayendo consigo juventud, acción y espíritu aventurero. Junto a los caminos encuentras hombres y mujeres campechanos y cordiales, muchachos y  jovencitas que saben reír y han recuperado la afición por las meriendas campestres. Contando a los antiguos pobladores, irreconocibles ahora que viven con holgura, más de diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier.

Cuando pienso que un solo hombre, armado únicamente de sus recursos físicos y morales, fue capaz de hacer surgir de un yermo esta tierra prometida, me convenzo de que, a pesar de todo, el género humano es admirable. Pero cuando hago el cómputo de la constante grandeza de espíritu y de la tenaz benevolencia que sin duda ha requerido alcanzar este resultado, me embarga un inmenso respeto por este viejo campesino iletrado que ha sabido completar una obra digna de Dios. Elzéard Bouffier falleció tranquilamente en 1947, en el hospicio de Banon.

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Jean giono

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Madagascar, Gilles, hombre que planta árboles todos los días del año

2010/ 01/01 Realisado por por : Laurent Laurent Cadoret Cadoret en el canal francés francés Después de ter dejado sus malas al pié, de las mas bell be llas as monta montaña ñass de la isla de Madag Madagas asca car, r, Gille Gilless a tomado la decisión de repoblar la valle del Tsaranoro.

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